Cathartes de Daniel Jacoby está compuesta por una pieza audiovisual y cinco esculturas en bronce. El video, titulado Gallinazo, construye un relato a partir de la memoria y la identidad como categorías condicionadas y atravesadas por sistemas de percepción, clasificación y exclusión. Lo que permea es el transcurrir del tiempo: impresiones de infancia, recuerdos detonados por marcas y olores, personas que cambian pero cuyo rol es el mismo; un club privado, un gallinazo –conocido en su clasificación como buitre negro americano (Coragyps atratus)–, y su mirada.
"Un lugar. El mismo lugar. El mismo lugar al que viniste ayer, anteayer y el día anterior. El mismo lugar al que has venido casi diariamente desde que tienes uso de memoria".
El club es visitado en distintos momentos de la vida del narrador: la infancia como puro transcurrir, el regreso después de 10 años en Europa, la reintegración ya con esposa e hijo en la piscina de niños, y un episodio en el siglo XVIII, cuando un naturalista europeo desembarca enfermo en la costa peruana. Estos episodios se superponen y entremezclan y están conectados por una presencia que observa desde lo alto sin ser vista, la de un gallinazo.
En este contexto, el club funciona como una máquina simbólica de continuidad; un espacio que produce la ilusión de permanencia mediante la repetición y el sentido de pertenencia, o de no pertenencia. Todo ahí parece sostenerse en un presente extendido donde el cambio es neutralizado y la historia queda suspendida. Esta estabilidad aparente depende de la exclusión sistemática de aquello que desborda el orden simbólico: la muerte, la descomposición, lo indómito. Una ecología de la negación donde lo que no puede ser integrado es activamente expulsado del lenguaje.
"¿Un gallinazo? ¡Qué extraño! Nunca habías visto uno dentro del club. 'Eso no es un gallinazo', dice uno de tus amigos. 'Los gallinazos comen carroña, y acá no hay carroña'".
El gallinazo opera como figura continua de límite, una presencia que desestabiliza las categorías que intentan fijarla. Asociado culturalmente a la carroña y a la muerte, aparece sin embargo como agente de transformación, capaz de purificar aquello que otros sistemas rechazan. Su aparición dentro del club, y la negación inmediata de su existencia, revela el carácter definitorio y creacionista del lenguaje: decir "acá no hay carroña" refuerza una realidad producida que es el fundamento de la identidad de “ese lugar”.
Esta tensión se desplaza hacia el episodio del naturalista europeo, donde se hace visible la violencia de la clasificación; encomendado por la Corona a nombrar y ordenar el territorio salvaje, ha reducido ya al gallinazo a ave carroñera en sus manuscritos antes de caer enfermo en la orilla. Cuando el naturalista yace tendido de fiebre, el gallinazo desciende: por primera vez, las miradas se cruzan, aunque diluidas en visión y punto ciego. El ave extirpa las toxinas; el naturalista sobrevive y comprende que aquello que nombró como carroñero no se alimenta de la muerte, sino que la purifica. Sin embargo, ya es demasiado tarde: los manuscritos viajan rumbo a Europa con la categoría fija y el estigma que persistirá durante siglos.
En este entramado, lo liminal aparece como una zona persistente e inestable donde las oposiciones —vida y muerte, interior y exterior, civilización y lo salvaje, infancia y adultez– dejan de operar como binarios fijos. El gallinazo habita ese umbral vinculando los órdenes que atraviesa sin pertenecer plenamente a ninguno. Del mismo modo, la figura final del hombre-pájaro introduce una subjetividad escindida, simultáneamente observadora y observada, interna y externa al sistema que describe. Su aparición de noche, fuera del club, iluminada como para ser filmada –o filmándose a sí misma– convierte al autorretrato en una pregunta sin respuesta, quién mira y desde dónde.
Las irrupciones sonoras y visuales que puntúan el relato —cada vez más intensas, cada vez menos legibles— operan como retornos de aquello que el sistema simbólico no logra absorber. Voces infantiles, sonidos monstruosos, fragmentos de lenguaje que bordean lo obsceno: manifestaciones de un exceso que desborda la capacidad de representación y fractura el lenguaje desde adentro.
Las cinco esculturas en bronce son gallinazos sometidos a una desfiguración que desplaza su reconocimiento, formas que el ojo tarda en leer, con vacíos internos y superficies corroídas donde la presión formal ha erosionado el referente sin eliminarlo. Instaladas sobre peanas intencionalmente altas, el gallinazo ejerce la mirada desde la distancia de la elevación, igual que la presencia que recorre el cortometraje. El espacio expositivo está cubierto de rafia azul (material industrial y provisorio) que sustituye la neutralidad del cubo blanco por un entorno que ya es artificio, una piel que envuelve sin disimular su condición de construcción.
Cathartes proviene del griego: purificador. El nombre científico del género lleva inscrita una función que el estigma colonial encubrió durante siglos. La exposición habita el intervalo entre la experiencia y su clasificación, entre lo que se percibe y lo que el sistema admite nombrar.
