Elena Mendizabal: La cosa dice
Apoyadas contra el muro, tendidas sobre el suelo o manteniéndose en pie sobre la base que su propia forma genera, las obras que Elena Mendizabal reúne en La cosa dice adoptan las posturas de un cuerpo que se levanta, descansa o cae. Lo hacen desde la sobriedad de la viga, la tabla y el bloque, que la artista ha trabajado entre 2025 y 2026 hasta convertirlos en presencias que establecen una relación corporal abierta con quien las mira. Organizadas en tres conjuntos, las veintisiete piezas recorren un arco que va del énfasis en el color y los materiales a la palabra tallada.
Arriba-Abajo (2025-2026) agrupa pequeñas piezas de perfil escalonado que la mirada recorre ascendiendo y descendiendo como en un videojuego de plataformas, trasladando a la escala de la mano el vaivén entre lo ganado y lo perdido. Su austeridad, próxima a los arquitectones de Malevich, convive con rosas intensos, marrones que rozan el negro y cuentas de cuarzo rosa y azabache, piedras de bisutería que aportan una nota de adorno culturalmente asociada a lo femenino. En las piezas de 2026 la piedra natural, colocada tal como fue hallada, ocupa el lugar de la gema y desplaza el valor hacia la materia que produce la naturaleza.
Mejor un río (2026) prolonga Ese quiebro, presentado en La Casa Encendida. Dos líneas talladas, una de gesso blanco bruñido y otra teñida de amarillo cadmio, se alzan del suelo al techo o se recuestan contra el muro con un perfil ondulante que evoca a la vez la corteza de un árbol o la piel recorrida por la mano.
El conjunto que da título a la exposición reduce la escultura a lo indispensable, la viga aislada o dos vigas unidas en T invertida o en L, y confía parte de su peso a la palabra, en coherencia con una práctica en la que la escritura acompaña siempre al taller.
Las letras proceden de una inscripción romana sobre plomo hallada en la península ibérica, trazada a mano por la artista en distintas variantes y tallada después con control numérico, de modo que el proceso mecánico conserva la oscilación del gesto y concede a esos enunciados la gravedad de la epigrafía conmemorativa. Presentadas con una neutralidad deliberada, como enunciados del discurso público, las frases hacen visible el debate que encierran por el solo hecho de quedar fijadas en madera.
Desprendidas de su fuente original, las palabras manifiestan su capacidad de ser citadas fuera de contexto y seguir significando otros posibles, mientras la cifra que las acompaña, prometiendo un anclaje que permanece retenido, deja que cada visitante reemplace ese contexto desde su propia posición. Por su condición lineal, las obras activan los muros y las esquinas de la galería, y la postura de cada viga modula lo que su frase dice, reclamando una atención más mental que óptica.
El título de la exposición nombra con literalidad lo que el visitante encuentra, objetos que portan palabras, mientras que su tránsito a cosa, al orden de lo inanimado, los sitúa en un registro más amplio, planteando su para actuar en el mundo social. La cosa dice articula así tres maneras de hacer hablar a la materia, sosteniendo en cada una la tensión entre la presencia muda del objeto y aquello que, a través de él, llega a decirse.

