8,337,283,136. Naturaleza nerviosa: Exposición individual
En los años noventa, María Luisa Fernández (Villarejo de Órbigo, León, 1955) produjo la serie Artistas ideales como una reflexión sobre el estatus del arte y del artista. En ella transformó los gráficos estadísticos –diagramas circulares de participación, productividad o relevancia– en esculturas geométricas de madera, pintadas con colores industriales. Era un gesto irónico, crítico y absurdo: transformar la racionalidad fría de la estadística en cuerpo escultórico y objeto simbólico, dar volumen y materia al impulso moderno de cuantificar el espíritu creativo.
Treinta años después, al retomar esa misma serie en 8.068.807.215. Sangre en oro (MUSAC, 2024) y ahora en 8,337,283,136. Naturaleza nerviosa, Fernández recontextualiza su propio lenguaje para abordar la crisis de la naturaleza y del propio sujeto humano. Si en los noventa midió y representó el valor del artista en la sociedad, hoy mide la saturación del mundo y la entropía del planeta; la cifra de los títulos, que corresponde al número de la población mundial incesantemente cambiante, es ya un diagrama global, un gráfico imposible del propio exceso humano. Los discos y estructuras que antes expresaban la competencia o la idealización del artista ahora son también maderas quemadas y materiales erosionados. La geometría se mantiene, pero su superficie lleva ahora la huella de la combustión: signo de agotamiento y gesto alquímico de deterioro. La carbonización de la madera o el uso de gomaespuma en esculturas cuya descomposición se hace visible y acelerada son testimonios materiales de la extinción, obras que registran el paso del tiempo y la transformación de la materia como huella del colapso.
Así, la serie Artistas ideales se convierte en una metáfora extendida: lo que antes medía el sistema del arte, ahora mide el sistema del mundo. Fernández desplaza la crítica institucional hacia una crítica ecológica y ontológica. Su pensamiento mantiene una coherencia precisa y aguda, donde el cuerpo del artista, el cuerpo social y el cuerpo del planeta son dimensiones interdependientes.
La forma de la obra central, El diseño de la tragedia , responde a la sucesión de Fibonacci y su derivada, la proporción áurea (φ ≈ 1.618), vinculada tanto a estructuras de crecimiento natural como a modelos matemáticos de expansión, incluidos los demográficos. Mientras en la naturaleza esa secuencia produce armonía, en el ámbito humano se ha convertido en una espiral fuera de control: un crecimiento exponencial que el planeta ya no puede sostener. En El nacimiento de la tragedia, Nietzsche habla del equilibrio entre lo apolíneo (orden, forma, medida) y lo dionisíaco (caos, exceso). Esa dualidad se manifiesta aquí visualmente: la proporción de Fibonacci como el orden natural (apolíneo), mientras el número del título 8,337,283,136, la cifra exacta de la población mundial al momento justo de escribir este texto, apunta al desbordamiento dionisíaco.
Ahora que podemos medirlo todo –desde el CO₂ atmosférico hasta la tristeza de un delfín en cautiverio–, lo que se escapa no es la medida, sino el sentido de la medida. Fernández, con su mirada irónica y simultáneamente desgarradora, resitúa el gesto de los años noventa en el presente, donde medir, además de absurdo, ahora es compulsivo. Y hacerlo muestra que esa obsesión por medir lo vivo y lo afectivo conduce a una nueva forma de ceguera: saberlo todo sin poder cambiar nada. La precisión sin alma como arqueología del exceso.

