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8.068.807.218. Sangre en oro presenta la producción más reciente de María Luisa Fernández (Villarejo de Órbigo, León, 1955). En ella prosigue su búsqueda de una escultura que sea significante en todos sus sentidos: que tenga significado más allá de ella misma, que no se ensimisme y que sea lo suficientemente relevante como para afectar a las emociones de sus observadores e invitarlos a reflexionar más allá de su experiencia en el lugar de la exposición. También una escultura que ayude a la artista a asumir la realidad, lo que ocurre a su alrededor, y se signifique, que se sitúe, que asuma una posición, en definitiva, que tome partido, y que en esta ocasión ha calificado como “diseño de la tragedia”, porque da forma a ese futuro terrible que está por venir y muestra el plan de lo que sucederá si no se remedia. Esta forma de enfrentarse al medio viene ya desde sus primeras obras a comienzos de los años ochenta como parte del Comité de Vigilancia Artística (CVA). CVA se interesó por aquello que parecía quedar fuera del centro, a lo que en principio no se presta atención, aunque, sin embargo, desvela, analizado y utilizado de forma crítica, cómo funciona el museo y lo que se ha dado en llamar “sistema del arte”: esos marcos con diferentes molduras con los que formaban pequeños objetos y grandes instalaciones.

 

En esta exposición, María Luisa Fernández retoma una de las series sobre las que ya había trabajado en los años noventa para añadirle nuevas capas de significado y explorar otras materialidades. En Artistas ideales convertía las formas geométricas de los gráficos circulares de las estadísticas en elementos escultóricos. Realizados en madera y pintados generalmente al óleo en blanco o negro, estos elementos eran colocados erguidos, unos encima de otros o, más tarde, sobre colchones de gomaespuma, generando composiciones que adquirían una cualidad que el crítico de arte Manel Clot calificó no como antropomórfica, sino como antropométrica. Esas formas regulares de la estadística, que son un modo de fijar modelos o prototipos de perfección, mantenían equilibrios en apariencia vacilantes al tomar cuerpo en esas esculturas levantadas como columnas o, cuando estaban tumbadas sobre colchones, no terminaban de encajar, las escalas no se correspondían y el círculo era imposible de cerrar. Aquí esas piezas se han colgado del techo, pesan en el espacio y añaden una dimensión monumental. Son Artistas ideales abrasados porque ya no están pintados, sino que el color negro y las iridiscencias son el resultado del proceso de carbonización que se produce al quemar la superficie de la madera con la que están hechos. Si en los años noventa los Artistas ideales se referían al modo en el que se había construido la idea de genio, de “gran artista”, y a la forma en la que la propia María Luisa Fernández se situaba respecto y frente a estos estereotipos que producían tantas exclusiones, ahora, pendiendo de un hilo, en un equilibrio precario, los interrogantes amplían su alcance e incluyen qué hacen los y las artistas frente a lo que está ocurriendo, en qué lugar se colocan los y las artistas respecto a una realidad que está avocada a la tragedia.

 

Esta manera de trabajar, en la que se resuelven de modo provisorio preguntas que vuelven del pasado o que han estado siempre presentes, se aprecia además en las Coronas. Están hechas con desechos de madera que se transforman en particulares sistemas circulatorios, descompuestos, a trozos. Algo que sucede también en muchos de los dibujos recientes de María Luisa Fernández que tienen algo de representaciones anatómicas en las que han desaparecido los músculos y los huesos y solo han quedado las arterias y las venas, pero en los que con una mirada atenta se descubren las siluetas de unos animales que se mueven nerviosos por la hoja de papel. Esas siluetas de animales salvajes, muchos a punto de desaparecer, llenan otros de los dibujos como si fueran sombras, fantasmas de lo que eran, y son las mismas que trazan un vacío, una ausencia, lo que se ha ido o está por marcharse, en otro grupo de nuevas esculturas realizadas amontonando planchas de metacrilato, planchas que, colocadas en círculo en la entrada de la sala, como los símbolos de la alquimia, el espectador tiene que atravesar, recorrer y rodear. Las planchas se apoyan sobre unas bases cuyas patas acaban en punta, esperando clavarse en el suelo, aunque resulte imposible. Esta estrategia es similar a la de los torsos de las leonas que vigilan los pasos de los visitantes y que han sido heridas por sus soportes, o la de las alas de unos pájaros míticos que descansan sobre la pared con algo de trofeo y que están dibujados a cuchillo. Leonas y pájaros que recuerdan a los ídolos protectores de un tiempo ya muy lejano. Leonas y pájaros realizados en gomaespuma que, a medida que el tiempo transcurra, tomarán un color diferente, del azul pasarán al verde y después al amarillo y se irán convirtiendo en polvo, borrándose muy poco a poco, en una “poética de la extinción”, como la definió una de las antiguas alumnas y ahora amiga de María Luisa Fernández, Vanesa Díaz. No se convertirán en ruina, en resto o en vestigio, se transformarán en residuo.

 

Residuos como los que producen los 8.068.807.218 habitantes de la Tierra a los que alude el número del título y que en el momento en el que se lea este texto habrán crecido de forma exponencial. Más de ocho mil millones que en pocos años, siguiendo la conocida sucesión de Fibonacci, esa espiral que muestra la progresión de la suma de dos números naturales y sus siguientes, 1-1-2-3-5-8-13-21-34-55-89-144-233…, serán muchos más, si no hay un colapso que lo prevenga: desde su última individual en 2018, a la que llamó 7.608.766.433 + -, la población mundial ha crecido más de 460 millones de habitantes. Una terrible espiral de Fibonacci que ha construido ahora María Luisa Fernández en el espacio de la exposición. Una espiral fatídica que se aproxima a otra, a la que contiene las medidas de la belleza: la divina proporción o el número de oro, ese metal en el que el sistema de sobreexplotación actual convierte la sangre. Más de ocho mil millones son los espectadores ideales de la exposición, pero también los que provocan que la naturaleza esté nerviosa.

 

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