Regina de Miguel: Things Fall Apart | Toronto Biennial of Art
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En Aguas intoxicadas, la protagonista pasa los días esperando recibir otra misión. Sin embargo esta no le será asignada de una manera directa sino más bien a través del conocimiento, el diálogo con diferentes actantes humanos y no humanos que pueblan el planeta que accidentalmente habita. Así, entabla amistad con una anciana con la que descubre que la ciénaga es una interfaz que devuelve voces de otros tiempos; en concreto de un grupo de suicidas: Anne Sexton, Sarah Kane, Dalida, Antonieta Rivas Mercado, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Jean Seberg, Ana Cristina César y Chantal Akerman, La desconocida del Sena.
Un lamento coral que da evidencias de cómo estos actos últimos son un fallo de la colectividad. Una falta de escucha, una falta de atención. También dialoga con una antigua antena de radioastronomía que le cuenta sobre cómo se encontraron los elementos fundamentales para la formación de la vida en el cometa 67P; cómo la sonda que habitó este ladrillo primigenio del cosmos también realizó una maniobra suicida estrellándose poco a poco contra el mismo mientras lo retransmitía en directo. Esta antena siente haber presenciado sucesos científicos que explican la formación y el origen de la vida pero no haber entendido cómo llegó el momento de la aniquilación en el planeta Tierra. Múltiples conexiones empiezan a desvelarse en la conciencia de la científica tras un paseo nocturno. Las cosas animadas e inanimadas empiezan a conformar un todo, un coro que precede a la certeza de su siguiente misión.” R. de M.
Ese “todo” revela una sintonía con las especulaciones de Bruno Latour o con la Ontología Orientada a los Objetos, que se condensa en la canción con la que concluye esta película, realizada en colaboración con la cantante y compositora Lucrecia Dalt (Pereira, Colombia, 1980), que a menudo participa en sus piezas, creadora de atmósferas que generan paisajes sonoros densos y oníricos:
“Hay una rosa creciendo que es un caracol y un cuarzo. Una botella que es un río y una llama. Un perfume que es una uña y un cable de cobre. Un hueso que es una vasija de barro que es queso y vino. Un pan que es puente y es tarde. Una casa que es tren y tumba. Una guerra que es piel y pescado. Un león que es puerta y abrigo. Un basurero que es piscina y palmera…”
La ciencia ficción sustenta el potente imaginario de los paisajes desolados, extrañados de Regina de Miguel, pero la suya no es una ficción distópica, nihilista ni reaccionaria. Ante “un mundo que deja una nota de suicidio”, la protagonista, en la penumbra del planeta Tornus, recibe mensajes desde otros tiempos y lugares, a través de las “exóticas”, partículas que conectan los diferentes universos, reales y soñados: “Cuanto más remota, más urgente es la pregunta”.
En el relato de De Miguel, la asunción de la incerteza, la vulnerabilidad, la fragilidad, la escucha, y la empatía con todo lo que existe operan como una forma de resistencia y el arte se constituye en médium; lo más inquietante de esta crónica, de este prolijo informe, es, quizás, que no sabemos a quién va dirigido, ni con qué fin.
Ana Ara y Rosa Ferré

